Lágrimas en la lluvia

Banksy washEn 1977, la NASA (Agencia Espacial de los Estados Unidos) lanzó al cosmos la sonda Voyager (Viajero) con el objetivo de que si fuera encontrada por vida inteligente, les diera una idea de quienes éramos los habitantes de este planeta llamado Tierra.

Además de un saludo en varios idiomas (¿qué lengua hablará un extraterrestre?) contenía una grabación con temas musicales de diferentes países, entre ellos una sinfonía (creo que la segunda) de Johan Sebastian Bach, el célebre músico alemán que por lo de célebre no necesita muchas presentaciones, bueno, a no ser que seas un habitante de Andrómeda y nunca hayas oído una sinfonía o su concierto para órgano (con el que comienza la interesante serie de dibujos animados francesa Érase una vez el hombre).

La idea que se quiso transmitir con todo esto, nacida de la mente del astrónomo y escritor norteamericano de ciencia ficción Carl Sagan, es que los terrícolas somos gente pacífica, de indudable buen gusto y de refinada sensibilidad. La verdad es que la música de Bach se presta muy bien para esta tarea; tan melancólica, tan serenamente sobrecogedora y delicada que de inmediato, quienquiera que fuese el E. T. que la escuchase, no dudaría que la civilización capaz de crear algo así debe ser sin dudas una raza superior.

Esto me hace preguntarme sobre cuántos nos parecemos los terrícolas de hoy a esa imagen que de nosotros mismos viaja en estos momentos fuera de nuestro sistema solar. Me asalta también otra interrogante: ¿cuáles serán las nostalgias de los adolescentes de hoy en un futuro no muy lejano: el reguetón y las novelas brasileñas? ¿Recordará el abuelito, desde una cama mientras llueve, los tiempos en los que andaban enseñando la ropa interior por encima del pantalón? ¿Suspirará después que la nieve del tiempo platee su sien mientras recuerda el yonqui con que se peinaba cuando le robó a su novia el primer beso?

Como escribiera el novelista cubano Leonardo Padura, “La memoria, ya se sabe, es selectiva, para los buenos y para los malos recuerdos. Pero su alimento es solo uno: la realidad vivida, los placeres y dolores consumidos, las experiencias que nos han tocado. No me queda más remedio, entonces, que sentir un poco de pena por la generación del reggeatón, con acceso a tanta información, incluida la cultural, pero que está creando sus futuras nostalgias con las canciones de Daddy Yankee y Don Omar, con el baile del perreo y los videoclips de Shakira, y que nunca entenderán del todo que el mundo alguna vez se dividió entre los fans de Lennon y los de McCarthy, que un poeta de la generación del 98 español escribió las mejores letras de canciones que jamás escuchamos y que unos locos en Nueva York se impusieron hacer salsa con conciencia para buscar América y lograron que otro loco en Santo Domingo se pusiera a clamar, a ritmo de merengue, para que lloviera café.”

A fin de cuentas, agrego yo, no solo nos estamos defraudando nosotros mismos, si no a todos aquellos seres de otros planetas que pudieran dar con la Voyager y escuchando a Bach, sientan nostalgia de conocernos.

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