Topar los precios: de los males, el menor

Explíquele a un chino nacido después de implantada la Política del Hijo Único lo que es un hermano. Si le comprende, entonces también puede hacer entender a los cubanos cómo es que funciona en nuestro país las leyes de oferta y demanda.

En este sentido, los debates generados en diciembre último durante la sesión de nuestro principal órgano legislativo, generaron muchas expectativas en el pueblo, el cual espera con urgencia que el Estado se involucre más en esta cuestión y no se lo deje todo a las tan nebulosas leyes de la oferta y la demanda.

Dicen los que saben que para disminuir los precios de los productos sólo se pueden hacer tres cosas: elevar los salarios, aumentar la producción o ponerle límite a la ganancia comercial, más conocido como topar los precios.

Realmente, con una economía que se proyecta crecer este año solamente en un dos por ciento, además de la existencia de la doble moneda, deja por descontado que lo primero vaya a ocurrir en un fututo inmediato.

En cuanto al aumento de la producción, aunque se perciben resultados alentadores, los mismos aún no están a la altura de lo que se requiere para que su valor no exceda la capacidad adquisitiva del cubano medio.

Si a ello le sumamos la urgencia de revertir en algo la actual situación, no queda más que la tercera opción.

 

Los especialistas en el tema señalan que tal medida puede generar desabastecimiento y desestimular a los productores. Apuntan también que la existencia de varios intermediarios en la cadena productiva es otro factor que genera tal alza.

Mi criterio es que hay que escoger de los males, el menor. El campesino que pueda vender él mismo sus productos no se verá tan afectado al toparse los precios, como tampoco el que lo hace de segunda mano, es decir, el primero en comprárselo al que lo produce.

Los que venden de tercera y cuarta mano, esos que son en muchos casos los que tienen los precios más altos, bueno, esos son lo que tendrán que buscar otra vía de comerciar que no sea a expensas de desangrar el bolsillo del obrero, a quien precisamente en un sistema socialista como el nuestro, es al primero que hay que proteger.

A fin de cuentas, para ellos, como para muchos de nosotros, que una libra de tomate esté a VEINTICINCO pesos, como lo está en los mercados no estatales de la capital, es como si no hubiera.

 

Sísifo desencadenado

Cuando la montaña no viene habrà què ...

Hay temas, que por su incidencia en la vida cotidiana, adquieren para nosotros, los periodistas, una especial relevancia. Si es un colega el que me lee, o si sencillamente es de aquellos que quisieran tener uno en frente, sabrá que hay cuestiones por las que no dejan de inquirirnos: que cuándo van a unificar la doble moneda, qué va a pasar después que eso ocurra, cuándo quitarán la libreta de abastecimiento o si la falta de productos de aseo personal será algo cíclico.

La verdad es que nosotros somos los primeros que desearíamos saber todas las respuestas. Primero, porque al igual que nuestros inquirientes lectores, somos parte de la misma sociedad que ellos y corremos su misma suerte; y segundo, porque es nuestro deber mantenerlos informados.

Sobre este tema, hay un asunto que nos preocupa particularmente a casi todos, y es el relativo a los precios. Sobre esto quiero centrar este comentario, y no precisamente para hallarle una respuesta concreta, que no es nada fácil, sino es hacernos las preguntas correctas, tan necesario como lo primero.

Para empezar, han sido varias las ocasiones en que nos hemos propuesto realizar trabajos que contribuyan a despejar un poco esta interrogante, especialmente después que en su sección Comentario económico, en la revista Buenos Días, hace ya más de un año, el periodista Ariel Terrero sacara a la luz pública que Las Tunas era la provincia donde más se encarecían los alimentos.

La realidad es que aún seguimos sin despejar ese signo de interrogación. Tal vez no hayamos investigado lo suficiente, pero desde mi punto de vista, perfectible como toda obra humana, no estamos enfocando el problema correctamente.

Según me parece, no es solo que los precios de los alimentos y otros productos de primera necesidad estén sobrevalorados, que lo están, innegablemente. A esto le sumaría lo que considero una cuestión fundamental: que los salarios están muy por debajo de nuestras reales necesidades, algo que ha sido reconocido en varias oportunidades por nuestros más altos dirigentes. La más reciente ocasión, el discurso clausura del XX Congreso de la CTC, cuando el General de Ejército y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, expresó: “Coincido plenamente con ustedes en que el actual sistema salarial no se corresponde con el principio de distribución socialista ´de cada cual según su capacidad a cada cual según su trabajo´, o lo que es lo mismo, no garantiza que el trabajador reciba según su aporte a la sociedad.

“También es cierto que el salario no satisface todas las necesidades del trabajador y su familia, lo que genera desmotivación y apatía hacia el trabajo, influye negativamente en la disciplina e incentiva el éxodo de personal calificado hacia actividades mejor remuneradas con independencia del nivel profesional requerido.”

Aquí es donde pienso que se encuentra el verdadero nudo gordiano en relación los precios. Mi corta experiencia profesional me demuestra que enfocar únicamente tal problemática desde el ángulo de la producción y comercialización-  el cual tampoco estoy diciendo que se obvie- nos puede llevar a descubrir cosas realmente interesantes, precupantes y hasta espeluznantes, pero no nos darán por sí solas las respuestas que estamos esperando desde hace tiempo.

Creo que es necesario que los lectores, incluso dentro del mismo gremio periodístico, comprendan esta cuestión antes de lanzarnos a buscar las respuestas que el pueblo está esperando de nosotros.

Si así fuera, entonces habría que hacernos la pregunta correcta: ¿Por qué nuestro salario – cómo recalcara Raúl- no satisface nuestras necesidades? ¿Cómo puede aumentar?

Las respuestas no las tengo todavía. Quizás vayamos adelantando algo reconociendo el problema hasta tanto Sísifo se desencadene.