Rapsodia del jinete, el corcel y el fin de siglo

El frío, como daga de hielo, penetra el tobillo justo por donde el grillete le perforó hasta llegar al hueso. Lentamente hace girar el anillo, tomando como eje el dedo índice izquierdo. Lo inscrito en él es un torbellino de emociones que se agita en su interior, como la borrasca que afuera arreciaba, durante el invierno norteamericano de 1889.
Los que vendrán a ser sus últimos poemas están sobre la mesa. Los cuenta. Cuarenta y cinco. Trata de conjurar de esta forma la soledad que el médico le impuso ante su delicado estado de salud . Su mente, en cambio, no descansa. Es un volcán en ebullición que en vez de lava arrojara luz. Le preocupa lo que allá en Washington se trama a espaldas de los pueblos de América . Nada puede hacer, salvo escribir. Como Hamlet, que después de encontrarse con el fantasma de su padre solo acierta a pedir sus tablillas. Toma papel y pluma. Deja la mente a su libre albedrío.

Vierte corazón, tu pena
Donde no la pueda ver,
Por soberbia y por no ser
Motivo de pena ajena .

El pudor le hace enrojecer aunque se encuentra solo. Se lleva las manos a la boca. Tose. Ante su vista otra vez el anillo forjado con el grillete que llevó en presidio. Cierra los ojos, como si se mirara por dentro. Veinte años atrás había sentido ese mismo pudor frente a las letras en plomo de su poema dedicado a la libertad, donde un joven nubio daba su vida por defender a su patria. Allí estaba él, sin saber que ya nunca volvería a ser tan ingenuamente feliz. En su memoria, aún frescas, las duras palabras de su padre al conocer de sus escarceos poéticos y políticos. Cuánto tardaría en comprender a aquel hombre, que en ese momento laceraba su alma adolescente más que las cadenas que muy pronto arrastraría por las canteras de San Lázaro.
El frío en los huesos le recuerda el Presidio. ¡Ah, el Presidio! “Dolor infinito debían ser el nombre de estas páginas” había escrito en España , después del indulto que le consiguiese su padre, el mismo que lloró abrazado a su pierna prácticamente desecha. Día amargo ese. ¡Y él que todavía no sabía odiar…!

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cansado y desecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.

El destierro, esa muerte en vida…Ya van nueve años desde que volvió a salir de Cuba, sin su Carmen, calificado como un loco peligroso. La Habana de Heredia, el mismo que por un caprichoso paralelismo le dicta su destino de poeta proscrito, se le antoja ahora su París o una mujer que no se le entrega por completo. Ahí están de nuevo sus versos, libres de ataduras, sus flores del destierro , los que le ayudan a purgar el alma de rencores y odios, esa misma alma de hombre puro que si algún día odiara a alguien se odiara por ello a sí misma. Su pluma no descansa.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto te agobia el alma.
Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio y puro,
Te arrastras pálido y duro,
Mi amoroso compañero.

Es 1889 y el siglo está por entrar en su última década. En este momento recuerda a su José Francisco. La distancia era conjurada una vez más con el verso, como años atrás, cuando en otra difícil decisión que le escindió el alma, tuvo que verlo partir. En ese instante se pregunta si ha obrado correctamente, si es necesario que el pequeño Pepe crezca sin su padre, porque en la fría intimidad de la habitación sólo es un hombre alejado de su hijo y de los que ama, al que la incertidumbre del destierro lo asfixia como una mano que le aprisiona el cuello. Como consuelo y talismán quedan esos versos en los que como nunca antes un padre busca refugio en su vástago, sin que desde entonces nadie haya podido parecérsele, asomándose a una modernidad que lo acogería en su seno como a uno de sus hijos pródigos. Sellaba así un pacto con la poesía que nunca más se repetiría en otro mortal. Pero ahora es únicamente un hombre solitario, de bigote espeso y mirada de oráculo, al que el médico ha echado al monte para purgar los males del cuerpo. Sobre sus hombros todo el peso de una época, la posibilidad de otro destino para su Isla y América.

Mi vida así se encamina
Al cielo, limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Contempla la puesta de un apagado sol en un país que no es ni siente el suyo, el que le devuelve su propio reflejo a través de los cristales de la ventana. Recita en voz baja, como una oración, los versos de otro ilustre proscrito: ¡Cuba, al fin te verás libre y pura/ Como el aire de luz que respiras…! Está a punto de terminar sus últimos versos, su testamento poético, pero no de hacer poesía, porque a su último poema le pondría el punto final en Dos Ríos. Siente agitársele en el pecho a esa criatura que ha amamantado toda su vida. Es otro momento de definición y una vez más la vida lo pone delante de otra dolorosa encrucijada. Cierra los ojos. Una suave melodía nace de su interior, como una flor que germina. Mueve la cabeza como si sacudiese los ángeles que en ella anidan. Se sienta a la mesa.

Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti me desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno y lo azotan,
Y tu corriente alborota,
Y acá lívido, allá rojo,
Blanco como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora en el pecho crujes
De un dolor más que tú fuerte,
¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
Dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?

Vibra su mano cuando en completa catarsis escribe:

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos
O nos salvamos los dos!

Termina. Ordena lo que ha escrito. Va hasta el rincón donde cuelga la gabardina de su gastado traje negro. Cierra la puerta al salir. Muy pronto cumplirá treinta y seis años. Un poco más al norte, los pueblos “libres” de América están por reunirse en Washington. Es el fin de un siglo. Necesariamente tiempos de definiciones.

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