Elogio del tren

Erasmo de Rótterdam, el humanista holandés del siglo XVI, debe de haber montado en algo parecido a un tren –porque la máquina de vapor no surgió hasta el siglo XVIII- cuando escribió su Elogio de la locura. Pero el pobre pasajero no se imagina nada de esto cuando un buen día decide viajar en el tren de la ruta Holguín-Las Tunas, al que la población terminó bautizando como “El Pocholo”.
Lo primero que advierte es al “animal”, que duerme en la estación. Los vagones Taínos reciclados están que arde por el calor del mediodía y el óxido que los cubre parece refulgir.
A un costado, los camiones y las máquinas en nombre de una inexistente oferta y demanda, te asaltan el bolsillo sin ningún tipo de escrúpulos. Por eso los pasajeros de más bajos ingresos nos hacemos como que no escuchamos cuando un tipo gordo y de hablar chabacano se acerca y propone: “vaya, una máquina, cincuenta pesos a Holguín”. Cuando lo comparas con los $ 2.80 del tren, no te importan el calor, lo incómodo de los asientos o las tres horas de viaje, si estás con suerte.
Y cuando llega la hora de subir te das cuenta que no eres el único que piensa así. Entrenados y acostumbrados como estamos la mayoría de los cubanos en las lides de colas y abordajes sorpresivos, resulta de lo más natural que una anciana te encaje el codo en el estómago, te muevas sin dar un paso o descubras que tu zapatos han cambiado de color de la forma más natural. Siempre sale alguien con que “no se maten, arriba sobran los asientos”. Después descubres a ese mismo buen samaritano desandando los pasillos sin encontrar donde dar descanso a su cuerpo.
Adentro, es una feria agropecuaria. Parece como si la hubieran trasladado del parque 26 de Julio hasta allí. Vienen de todas partes: Calixto, Omaja, Mir, Maceo. Siento que se llevan a Las Tunas en pedazos, pero es que en esos pueblos no crecen galletas en las matas ni las vacas dan refresco gaseado.
Viajar en tren es sin dudas un viaje en el tiempo, nunca a tiempo. Olvídese del confort de las yutong, cuando al chofer no le da por montar gente en los pasillos. Aquí luchas por un asiento de guagua Girón, y vaya lujo, muchos pasajeros parecen que hubieran pagado también por uno para su equipaje, que plácidamente viaja a su lado mientras tú te quedas de pie o le preguntas a alguien su va muy lejos para que al pararse te seda su puesto.
Ya dije que el viaje es como si lo hicieras en el tiempo. Lejos de la carretera están varios pueblos fundados por emigrantes norteamericanos e ingleses, en los que como huella dejaron alguna que otra edificación, semidestruida por el paso del tiempo. Lugares en los que aún la llegada del tren es sinónimo de “progreso” y la línea, columna vertebral de su economía, como salidos de un oeste hollywoodense. No pueden faltar los que saludan, aunque no conozcan a nadie.
En el tren se habla de lo mismo que en todas partes: de la carestía de la vida, de lo malo del transporte, de la economía mundial y del último juego de pelota, solo que quienes lo hacen hablan en buen “cubano”, con aportes gramaticales y hasta al plan de la economía.
Luego de tres horas llegas a tu destino. Por las señales de tu cuerpo parece que hubieras hecho un viaje intercontinental. Juras que nunca volverás a montar, pero como en un amor contrariado, sabes que en el fondo, cuando el bolsillo apriete, volverás a hacerlo, y así sucesivamente, hasta que un buen día descubres que lo extrañas cuando no viajas en él. El aparente “glamour” de las yutong te parece desmesurado; extrañas la familiaridad de la gente simple que monta a tu lado y no dudan en sacarte conversación, aunque no te conozcan, en contraposición con esa que ahora te da la espalda y se duerme o mira hacia ti sin verte.
Y es que al final seguirás viajando en él, mucho después de haberse bajado.

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