La última carga del General Santana

El General esperó. Esa era una de sus virtudes, la paciencia… menos ante el yugo de la explotación. Fue por eso que vino desde su Canarias natal para dejar atrás su pasado de huérfano; su primer roce contra la opresión, del cual brotaría la chispa de la rebeldía, la misma que lo llevó, ya en suelo cubano, a incorporase a las filas de Joaquín Agüero, en 1851.
Volvió a esperar, esta vez hecho prisionero por las fuerzas españolas, quienes por azar, lo dejaron en un lugar donde crecían unas plantas verdes, espinosas y con frutos color violeta llamado Las Tunas, sin saber que más que castigarlo, lo estaban sembrando, transplantándolo en este terruño al que solo dejaría para conquistar su independencia.
Volvió a esperar 17 años para incorporarse, en 1868, a la Guerra Grande. Fue ascendiendo poco a poco, dando muestras de su valentía y arrojo: Teniente, Capitán, Comandante y finalmente General de Brigada. Un privilegio haberlo alcanzado al lado de grandes hombres como Ramón Ortuño, Vicente García y Antonio Maceo.
El tiempo no parece poder con él, isleño testarudo y empecinado. Pelea en la Guerra Chiquita y en la del 95, pero lo que este no puede ni pudieron las armas españolas, lo logra falazmente la intervención norteamericana.
El ya veterano General se va con los suyos para su finca de Santa Inés a exorcizar medio siglo de entrega a la causa de la independencia sin que aún pudiera dormir tranquilo y presto a empuñar el machete, ya centenario y nacionalizado oficialmente cubano, si los norteamericanos no dejaban otra opción. Los años lo respetaron. Sabían que él esperaba.
Dicen los que lo exhumaron que sus restos se conservaban bastante bien a pesar de 81 años en El reposo, cementerio de su hacienda, donde fue enterrado, en 1931. Pero ese no era su lugar y aún le restaba una última carga.
Este sábado, 13 de octubre, la paciencia del General de Brigada del Ejército Libertador Julián Santana obtuvo sus frutos. Se conmemoraban 144 años del alzamiento en armas del León de Santa Rita. Luego de encontrar un documento referente a Santana en los archivos de la institución masónica Hijos de Hiram, los coordinadores del estudio habían contactado con sus familiares, quienes facilitaron el acceso a su sepultura y donaron documentos y piezas de valor histórico al Memorial Vicente García, entre ellas la boquilla del combatiente, una foto original autografiada, su reloj y un molino de granos que se utilizó durante las gestas independentistas para aprovisionar a las tropas insurrectas.
Hasta el memorial Vicente García acudió el pueblo tunero y sus máximas autoridades durante la ceremonia de inhumación de sus restos mortales en el principal cementerio de esta ciudad. Durante dos horas, tiempo en el que sus restos estuvieron expuestos en la sala principal del Memorial, una nutrida representación de la sociedad tunera se hizo presente para rendirle tributo al General mambí, como muestra de la firmeza de nuestras raíces históricas y la decisión de preservar la libertad alcanzada, de la que Santana fuera uno de sus principales adalides.
Luego, el mismo pueblo fue su escolta hasta la necrópolis, en peregrinación que recorrió parte de la calle que lleva su nombre. Al paso del cortejo y desde sus casas, los habitantes de esta ciudad continuaron con las muestras de admiración y respeto al héroe independentista.
El viejo roble mambí volvió a cargar junto con los de su estirpe, entre honores militares, que incluyó salvas de infantería por parte de una escuadra de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y el reconocimiento de su gente y de sus hermanos masónicos, donde llegó a alcanzar el grado 18.
Después, el homenaje realizado por Roger Batista Chapman, presidente provincial de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, quien en nombre de todos los allí presentes, reconoció el aporte del General Santana a la causa de la independencia y la vigencia de su pensamiento en las actuales circunstancias.
Entonces se hizo el silencio y la urna que contenía sus despojos, mas no su espíritu inclaudicable, fue conducida con paso marcial por un cadete hasta el panteón que guarda los restos de su entrañable Vicente y su esposa Brígida Zaldívar, donde finalmente fue depositada.
Finalizaba así la última carga al machete de Julián Santana. Habían transcurridos 81 años de su muerte y más de 160 de su primera cabalgata redentora. La espera había valido la pena.

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