Un León con piel de zorro

80234938Llueve y es septiembre. Aún 137 años atrás, sigue siendo este el mes de más precipitaciones, lo que llevó a decir al Generalísimo Máximo Gómez que era, junto a julio y agosto, uno de sus mejores generales.

El lodo va cubriéndolo todo: el suelo, la vegetación y hasta el destino de la guerra: es la herida, aún abierta, de Lagunas de Varona, la que a más de año y medio aún no cicatriza. En realidad, nunca lo haría totalmente.

Pero aún en un estado tan desalentador como el del noveno mes del año 1876, presagiador de nuevas y definitivas discrepancias en el campo insurrecto, cuando la Revolución declinaba en Las Villas y en el Camagüey, un gólem se levantaría de ese mismo barro septembrino para intentar darle un vuelco a la contienda y a la historia misma, allí, en uno de los puntos sensibles de la metrópoli española en el oriente del país, en la misma llave del Poniente cubano, la que hasta entonces había devenido fruta prohibida para las tropas mambisas a su cargo; allí, en su Patria chica, como si el destino se empeñara en recordarle que nadie es profeta en su propia tierra.

Él, a quien llamaban el León de Santa Rita, trasmutaría
esta vez de animal, porque como dijera el espartano Lisandro: “En la guerra, cuando no alcanza la piel de león, se ha de poner un poco la de zorro.”

UNA OBRA MAESTRA DEL CÁLCULO, LA ASTUCIA Y LA INTREPIDEZ
El 20 de septiembre de 1876, cuando los españoles rememoraban la victoria en el cerco de Ostende, Vicente García se encontraba en el potrero de Guaramanao, a solo 6 leguas de su ciudad natal, con igual objetivo que las tropas ibéricas que en 1604 sitiaron durante 3 meses esta ciudad de los Países Bajos.

El patricio tunero pasa revista a sus tropas y ordena la marcha. En la noche del 22 acampan en la sabana de Ranchuelo, cerca de la para entonces ya (mal) llamada Victoria de las Tunas. Todo lo ha preparado detalladamente. Estudia una y otra vez los mapas que sus colaboradores le han hecho llegar, clandestinamente. No por gusto cuenta con una de las redes de espionaje más eficientes de la guerra entre las que figuran nombres como Joaquín Romero, las hermanas Amalia e Ismaela Lora y el comunero francés Charles Peisso, gracias a lo cual conocía de informes de armas y municiones, sistema de fortificaciones, movimiento de la guardia en las postas e incluso, algunas ideas sobre cómo podía realizarse el ataque teniendo en cuenta los puntos más vulnerables de la plaza.

Armando Hart Dávalos describiría aquellos momentos de la siguiente manera: “A las doce de la noche (…) se dividen las fuerzas (…). Con el general García avanzan por los patios de uno en fondo. En el límite mismo de la línea fortificada que rodeaba la parte céntrica del pueblo se va concentrando la tropa que venía poco a poco y empiezan a entrar en la casa en cuya pared de mampostería se ha hecho el hueco por donde sólo cabía un hombre y no con mucha facilidad (…) La defensa formada por un pelotón de doce hombres es ultimada con tanta rapidez que no puede disparar un solo tiro.

Inmediatamente, las columnas de Payito León y Juan Ramírez parten sobre el fuerte principal y la iglesia, reducto defensivo fundamental de la plaza. Toman estos objetivos en combate cuerpo a cuerpo. En la iglesia la pelea toma un carácter fantástico en medio de la absoluta oscuridad. Los cubanos machete en mano, guiándose por la respiración jadeante de los enemigos, extienden la mano izquierda para comprobar si el que sienten próximo tiene ropa o no y, en caso de estar vestido le descargan el machete.
(…)

“Cuando amaneció, sólo se mantenía la resistencia del comandante Toledo, el jefe español de Las Tunas, que se encontraba en el hospital. El primer parlamentario que le envía el general Vicente García a los españoles portando una comunicación es al coronel Sanguily. Cuesta mucho trabajo que el Comandante ibérico lo reciba, pero finalmente el coronel Sanguily logra llegar frente al hospital y se entrevista desde la calle con él. Poco después se iza en el hospital la bandera blanca de la rendición, al mismo tiempo que se hacía también en el cuartel de las Veintiocho Columnas.
(…)

“Los cubanos permanecen en la ciudad hasta el 26 de septiembre, fecha en que Vicente García ordena incendiarla. Cuando le comunica la orden del incendio le dice al capitán Manuel Silva: “¡Empiece por ahí!” El Capitán exclama: “¿Cómo General? Esa es la casa de su familia” y Vicente García le responde: “¡Esa es la razón por la que le digo que empiece por ahí!”

Hasta la misma mesa de Joaquín Jovellar y Soler, entonces Capitán General de la Isla, llegaron simbólicamente las cenizas del siniestro, obligándolo a un cambio de estrategia y a la entrada de la política “pacificadora” de Martínez Campos.

Este hecho no solo propició nuestro actual estilo ecléctico, a lo cual contribuyó también Calixto García, quien en 1896 la asaltó, tomó y la redujo, esta vez, a escombros. Sirve también para reflejar el espíritu de sacrificio de nuestro pueblo y la voluntad de levantarnos, si es preciso, de nuestras propias cenizas.

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