La pasión según San Vicente

DSC_2678San Vicente tiene un poco más de medio millar de habitantes, un camino semi-intransitable, varios perros satos que siguen a sus dueños a cualquier parte, un transporte que solo pasa días alternos y un sitio histórico prácticamente abandonado.

Pese a todo esto, y desafiando las estadísticas nacionales que reflejan un alarmante despoblamiento de las zonas rurales, sus habitantes han decidido permanecer allí, contra viento y marea, o contra el camino y las tendederas, debiéramos decir.

Sentido de pertenencia le llaman algunos, entre ellos su delegado, Sergio Polo Pérez, quien es un vivo reflejo de ello, pues lleva 21 años en su cargo, y aunque esto no es un récord, no cabe duda de que constituye un buen average.

San Vicente pertenece al Consejo Popular Mejías, en el sureño municipio de Jobabo. Los que ya peinan canas lo conocen también como El Dátil o El Rincón, y quizás por aquí comience a formarse ese sentimiento de amor incondicional a la patria chica que los vio nacer: por el conocimiento de la historia local, extraña membrana que parece cubrir toda la zona.

Confluyen aquí la presencia de Carlos Manuel de Céspedes, quien estableció muy cerca de allí, en Ojo de Agua de los Melones, la Casa de Gobernación luego de ser elegido Presidente de la República en Armas (actualmente en un lamentable estado de abandono) de Vicente García al preparar desde estos predios la toma de su ciudad natal y de Gómez y Maceo quienes acamparon en sus inmediaciones durante la ruta invasora.

Se va conformando de esta manera una primera capa sobre la que el sanvicentino va construyendo su identidad, pero esto no es más que una parte; la otra, tiene las raíces bien afincadas en la tierra, literalmente.

Y es que como hombres del campo al fin, la agricultura es la principal fuente de subsistencia, y si a esto les sumamos la tradición y el amor en la labor que realizan, el resultado no puede ser otro que hombres satisfechos con su trabajo, que es el equivalente a decir, orgullosos de sí mismos.

Tal vez sea esta una de las causas por la que no quieran irse de allí, a pesar del azaroso camino que aún si llover se hace extremadamente dificultoso, de las tendederas que no le permiten tener refrigeradores ni otros equipos electrodomésticos pues los cambios en el voltaje los dañan, la maratón para coger el transporte que solo pasa lunes, miércoles y viernes y a más de tres kilómetros de la comunidad o por la ausencia de un consultorio del médico de la familia.
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Pero el que vive en San Vicente se siente orgulloso de su terruño. A mi llegada esperaba toparme con caras demasiado serias y algún que otro anacronismo en el vestir y el hablar, propias de quien se ha criado demasiado lejos de las aparentes comodidades de una ciudad, pero la verdad es que muchos de lo jóvenes de allí no tienen nada que envidiarles al más mikey de los que se exhiben por el parque.

Es por eso que César no piensa irse. “Aquí me muero” me respondió cuando le pregunté si deseaba marcharse. Él, junto al resto de su familia, ha hecho producir más de ocho hectáreas de tierra sembrándolas de plátano, maíz, yuca, calabaza y frijol, lo que ha sido reconocido por el primer secretario de partido en la provincia, quien visitó su finca recientemente.

Uno de sus hijos comenzará en septiembre a estudiar medicina. “Ese no vira más”, dice alguien entre risas. No obstante, y si así fuera, ahí le queda el otro, quien es la mano derecha del padre en los trajines del campo. Pero nadie sabe, estos lares tienen algo aparentemente extraño que ata sus pobladores. Y digo extraño a riesgo de equivocarme, pues quizás y no lo sea tanto, o tal vez lo sea en nuestro tiempo, pero no en el de San Vicente, donde todavía es palpable el amor a la tierra, a las “viejas” costumbres, como la de saludar al caminante al cruzarse con él, aunque no se le conozca.

Quizás esto se debe en parte porque sus moradores no todo se lo dejaron a los maestros de la escuela primaria Alejandro Barreiro, la que con sus paneles solares y sus 23 alumnos, aspira a convertirse en el centro cultural de la comunidad.

Aún sin instructores de arte, fueron capaces de montar una coreografía para quienes allí fuimos como parte del proyecto…por nosotros mismos… Al final de la misma se les unieron varios vecinos ante la invitación de los danzantes a que los acompañaran, mientras el audio dejaba escuchar a Laíto y su sonora cantando la Sarandonga.

En una parte de la misma, cuando el cantante dice tener su vida bien asegurá (sic), comprendí que nada de esto, ni siquiera la canción, había sido por casualidad.