La ciudad y el tiempo

DSCN3517El primer pirata de América, un despótico conquistador español y un cacique aborigen se conjugaron para que casi tres siglos después surgiera lo que hoy es la ciudad de Las Tunas.

Corría el año 1510. El ibérico era el adelantado Alonso de Ojeda, quien se encontraba cautivo de Bernardino de Talavera, el primero de los “Hermanos de la Mar” en este continente. La suerte quiso que una tormenta lo liberara de su captor y lo arrojara a tierras cubanas, en la bahía de Jagua, en Cienfuegos.

Ojeda decide ir por tierra, bordeando la costa sur, para llegar hasta Maisí, de donde pensaba embarcar hacia La Española. La travesía fue un verdadero infierno para él y sus seguidores. Los pantanos, las ciénagas y el acoso de nativos hostiles a su presencia provocaron casi el exterminio de los improvisados expedicionarios.
Cuando todo parecía prácticamente perdido, llegaron hasta el pueblo aborigen llamado Cueybá, donde el cacique Cacicaná los acogió favorablemente. En agradecimiento, Alonso de Ojeda le regaló una imagen de la Virgen y construyó una rústica ermita para su adoración. Es en este espacio geográfico donde surgiría, siglos más tarde, la ciudad de Las Tunas.

Aunque esta ermita fue la tercera de su tipo en Cuba, esta zona no revistió mayor interés para los españoles, quienes se concentraron mayormente en Santiago, Bayamo, Manzanillo y Puerto Príncipe.
Pasaría casi un siglo, hasta que en 1603 se le otorgara al hacendado bayamés Juan Rivero González el hato de Las Tunas. De este mismo linaje nacería, más de dos siglos después, un niño llamado Vicente García González.

Nótese que ya para esta fecha- 1603- este territorio era llamado como la Opuntia o tuna brava. Al respecto, existen dos leyendas. Una de ellas, quizás la más poética, cuenta de unas extrañas plantas espinosas (la Opuntia stricta en su variante Dilleni) que un día oscuro y frió aparecieron en la provincia aborigen de Cueybá, las que finalmente tomaron el lugar de las rosas rojas que abundaban por estos lares.

La otra, menos garciamarquiana, surge luego de la conquista y colonización. Se refiere a la proliferación en la hacienda ganadera del señor Jesús Gamboa de este arbusto espinoso. Cuando algún comerciante venía a la finca, salía congratulado con una mata de tunas que el propietario le regalaba pues, según los africanos que vivían en la comarca, servía como protectora de la vivienda contra la envidia y el mal de ojo.

Después de un largo proceso de asentamiento y sedimentación durante tres siglos, sus habitantes escogieron 1796 para fundar el poblado, en torno al templo católico donde organizaban cada año sus festividades religiosas.
Aunque existe la hipótesis de que un siglo antes de la fecha señalada ya existía una intención fundacional en la comarca, la misma aún espera por su definitiva aprobación.

Se escoge el 30 de septiembre para conmemorar la fundación de Las Tunas porque este día, en el santoral católico, corresponde a San Jerónimo. Este también era el nombre del obispo, de apellidos Valdés Sierra y nacido en igual día (de ahí su nombre), que en 1707 dio la autorización para la reconstrucción de la iglesia que desde 1690 se levantaría en esta comarca para la evangelización de sus pobladores. En 1710 asumiría el nombre de este santo.

En 1847 se le otorgaría la tenencia de Gobierno, en 1848 el título de Villa y fue en 1853 cuando alcanzó el de Ciudad.
Aunque en términos estrictamente históricos se considere a esta ciudad como bicentenaria, la Opuntia tiene aún mucho más que espinas y flores para asombrarnos