Un día de diez años

9017-fotografia-mCon un “Cuida bien a mis hijos” se despidió Vicente García de su esposa el 11 de octubre de 1868 y se fue a la guerra.

No imaginaba entonces las vicisitudes que tendría que vivir su familia (sería encerrada, privada de alimentos y agua, debido a lo cual morirían 2 de sus hijos, sin lograr con esto sus enemigos que claudicara), porque en las luchas armadas todo reviste una fragilidad imprevisible, cada promesa es su reverso, cada paso marca un punto de no retorno hacia un abismo del cual solo se puede salir cuando se ha tocado fondo.

La independencia no era entonces más que una hoja al viento que se arremolinaba cada vez que batía la brisa de la Revolución; pequeño soplo de aire que después de las primeras reuniones conspirativas efectuadas en nuestra provincia, formaban ya un verdadero huracán, en el ojo del cual se encontraba el que dentro de poco tiempo sería llamado el León de Santa Rita.

Vicente García era partidario de una sublevación “acelerada”, mucho antes de la fecha prevista por Francisco Vicente Aguilera, el 24 de diciembre. Es así que junto con otros patricios orientales, fijan la fecha del levantamiento para el 14 de octubre de 1868. Pero el destino va enhebrando sus hilos hasta conformar una red de la que es imposible el escape y debido a la cual el adalid tunero se enteraría del “prematuro” alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre en La Demajagua, mientras se encontraba frente a los que dentro de 2 días serían sus enemigos a muerte.

Se trataba de la Junta de Electores del Ayuntamiento de Las Tunas, de la que Vicente García era miembro. Durante la realización de la misma, el teniente gobernador de la ciudad, José Morales, recibe oficialmente la noticia del alzamiento de Céspedes y su ataque a Yara, la que le comunica a los consejales increpándole a todos si sabían algo sobre lo que estaba ocurriendo en la región oriental.

¿Hasta qué punto sabían los activos servicios de inteligencia españoles la implicación de Vicente en el movimiento conspirativo? ¿Sería una trampa para ver su reacción? Cualquiera de estas y muchas otras preguntas deben haber pasado por la mente del esposo de Brígida Saldívar, quien supo mantenerse sereno, no delatarse y de esta forma salir de frente a las mismas narices de los españoles hacia su finca El Hormiguero, donde al amanecer del propio día 11 lo esperaban cuatrocientos hombres para alzarse en armas.

En la madrugada del día 13, traslada sus fuerzas hasta la finca La Resignación, quizás en una imprevista contraposición del espíritu que lo animaba a entregar su propia vida por la causa de la independencia. Desde allí marcharía sobre su ciudad natal con un bisoño y mal armado ejército cuyo precario armamento consistía en trabucos, escopetas de caza, de chispa y de pistón, revólveres y pistolas del mismo sistema, garrotes y machetes de labranza, convertidos de momento en armas de guerra.

Según se recoge en el libro Síntesis histórica provincial, “… con los albores de aquella mañana límpida, las fuerzas comandadas por (Francisco Muñoz) Rubalcava se adelantaron a la señal convenida y ante la resistencia española, después de cinco intentos por tomar la ciudad, tuvieron que retirarse. Escuchados los disparos por Vicente García y Ramón Ortuño, se lanzaron sobre las puertas del pueblo, pero el enemigo, puesto sobre aviso, los rechazó con ímpetu, no sin antes refugiarse en la iglesia como único reducto. De nuevo a la carga, los cubanos se pasearon libremente por la calle Isabel Segunda y al no recibir riposta de los españoles acantonados en la iglesia, dieron por tomada la plaza y se retiraron al potrero El Hormiguero, donde en un largo bambú ondeó por primera vez el pabellón de la libertad e independencia en Las Tunas, y en Cuba, con la Guerra de los Diez Años.”

Se encendía así la llama independentista en el Balcón de Oriente. Nuevas y heroicas páginas se escribirían en los próximos años, los que verían erigirse al León de Santa Rita como uno de los más grandes jefes mambises de nuestras gestas libertarias.