14 de Junio: anulación del tiempo

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Mi primer nombre, Antonio, lo heredé de mi padre, y él de mi abuelo, pero como a este último no lo conocí no fue hasta que supe de Maceo que me comenzó a decir algo en concreto, porque todos sentimos una sensación especial cuando descubrimos que compartimos el nombre con un héroe, aunque en esta coincidencia medie solo la casualidad.

Ernesto es un nombre que parece tener vida propia. Tal vez fue eso lo que llevó al escritor británico Oscar Wilde a escribir un libro sobre la importancia de llamarse así.

No sé si Celia de la Serna y su esposo lo leyeron, pero lo que es evidente que se dejaron seducir por sus “encantos” y se lo pusieron a su primogénito, quien mañana, al igual que Antonio Maceo, cumpliría años: 86 el nacido en Rosario, Argentina, y 169 el hijo de Mariana Grajales.

Si nos dejáramos llevar solo un momento, uno solo, por la metafísica, según los presupuestos de esta, un hombre puede representar a todos los del mundo. Entonces, Borges mediante, no sería tan casual la coincidencia de natalicios que mañana conmemoramos, pues en realidad estaríamos en presencia de un solo ser humano, repetido en el tiempo y en un solo ideal.

Por tanto, Maceo y Ernesto podemos ser todos. Es más, en esto, en darles vida diariamente, nos va una parte considerable de la continuidad de nuestro proceso social.

Para mencionar dos argumentos, que no son precisamente los primeros que recordamos, hoy más que nunca hace falta ese Che polemista en temas económicos, ese que no titubeó en criticar temas de este tipo, incluso si los cuestionamientos iban dirigidos a un gigante como la antigua Unión Soviética. Ese deseo de participación y de decir lo que se piensa es fundamental en estos momentos de actualizaciones y reordenamientos, algunas de cuyas cuestiones ya había vislumbrado en sus debates económicos con Carlos Rafael Rodríguez.

De Maceo quiero insistir en todo lo que encierra la frase martiana de que tenía “tanta fuerza en la mente como en el brazo” y lo que significa en nuestro contexto actual.

Así, Antonio y Ernesto caminan por cualesquiera de nuestras calles, sin recordar su vida pasada, puede ser hombre o mujer, el color de su piel es el del arcoiris, pero lo anima un deseo intenso de llenar el mundo de justicia y belleza.

De esta manera, y sin proponérselo, dos hombres han anulado el tiempo.

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