Buena suerte


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Pasadas las siete de la noche, la parada de la guagua le parece, con el tono siena crepuscular incluido, un antiguo cromo sacado de la época en que, muy cerca de allí, los hombres amarraban sus caballos cuando venían al “pueblo”.

“Dichosos ellos, que no tenían que esperar por la siete”, piensa al ver pasar un cochero que le propone unos insignificantes 5.00 pesos hasta su destino, mientras se ríe al pensar lo que le diría su vecino listero al escuchar el número que acaba de invocar.

La carretera está que casi se puede jugar pelota en ella; solo transitan algunos choferes particulares, demasiado estresados por los precios del barril de petróleo en el mercado internacional como para fijarse en ella. Sabe que le cogió la hora en que disminuye drásticamente el transporte urbano y que cuando pase, lo hará repleto. “Nada nuevo bajo el sol”, se reconforta.

Con ella espera otra mujer mayor junto a alguien que parece su hija. Se entretiene un rato estudiando el rostro de la de mayor edad, sus arrugas, la forma en que los labios se le han ido encorvando con los años, su pelo, demasiado teñido. Por unos instantes, sus miradas se cruzan. Al principio sintió pena porque la descubrieran en algo tan indiscreto, pero cierta presunción en la mirada de la otra persona le dio la impresión de que quizás hacía lo mismo que ella.

Tanto se había ensimismado que no advirtió que alguien les hablaba.

-Vamos, monten, que las adelanto un poco.

Se asustó, pues de nuevo la habían tomado por sorpresa.

-No, gracias, respondió sin ponerle asunto a lo que le decían, pues de seguro era algún viejo borracho de los que a esa hora iban a comprar su ambrosía. Volvió el rostro hacia la mujer que antes de la interrupción había sido el objeto de su atención, pero no la encontró. Sintió abrirse una puerta y el peso de alguien al acomodarse en un asiento. ¿Cómo no lo había visto? Delante suyo había un carro, un viejo yeep que pedía a gritos ser chapisteado, y al timón un hombre mayor y algo canoso.

-¿Para dónde va, compañera? le preguntó.

La oscuridad en el interior no la dejaba ver su rostro con claridad.

-La funeraria, le respondió

-Suba, que paso cerca.

“Bueno, algún día me tenía que tocar”, dijo para sí.

Montó en el asiento de atrás. La puerta no cerró bien la primera vez. Acto seguido, la respuesta de siempre:

-Más fuerte, señora.

Y lo hizo. Se sintió orgullosa del empujón que le había dado.

“Aquí en el mar, la vida es más sabrosa. Mar, carro, a quién le importa…” Su mente seguía sumida en el éxtasis en que la botella la había dejado. “Que poco necesitamos los seres humanos para que se nos alegre el día, aunque sea al final. Vamos a ver cuánto me dura la buena suerte, ojalá que no se me vaya por la boca.”

 

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