Historia del tanquista que soñaba con un río de aguas diáfanas


Encuentro combatientes de Girón

 

Recurrentemente, Daer sueña con un río de aguas diáfanas, muy parecido al que disfrutaba en su infancia, allá en su natal San Joaquín. Durante el trance, nada y mueve las dos piernas. Los que creen en los significados de los sueños, plantean que esto puede significar que se podrán afrontar sin ningún problema todas las adversidades que se presenten o un anuncio de una vida apacible, tranquila y exitosa. Luego, cuando despierta, al comprobar que sigue faltando su extremidad izquierda inferior, siente la misma sensación de vacío que en 53 años, solo la obra de la Revolución y su familia le ha podido llenar en algo.

Este mes, Daer Ávila Rodríguez anda celebrando sus dos cumpleaños. El primero, el día 4, en el que según su Carné de Identidad, nació, allá, en el lejano 1940. El otro, cuando casi muere en las arenas de Playa Larga mientras manejaba la ametralladora de un tanque de guerra T-34.

De estatura media y ojos claros, fue el menor de los cuatro hijos del primer matrimonio de su madre. En 1958, con apenas 18 años, se incorpora a las filas  del Ejército Rebelde. “Salí a buscar 1:00 peso de plátano que mi padrastro me había encargado, y en el camino decidí que no iba a volver.”

Combatió en la Columna 11, bajo el mando del entonces capitán Jaime Vega, quien posteriormente traicionaría a la Revolución y le pondría fin a sus días ahorcándose en Miami, ante la decepción que sufrió al llegar allá. Desde entonces, Daer ha tenido bien claro lo que significa ser un revolucionario, que va más allá de “hablar bonito”, sino en la defensa de los principios en los que se cree y en la lealtad incondicional a Fidel, guía indiscutible de nuestro proceso.

Con el triunfo del primero de enero de 1959, se traslada para la capital, donde es asignado a la columna 23 de infantería, al mando del comandante René de los Santos, la que posteriormente sería trasladada para la entonces Isla de Pinos.

A finales de 1960 es seleccionado para cursar la escuela de tanquistas, en Managua. “Estaba esperando que concluyera el curso ya iniciado y empezara el otro para incorporarme, pero  en abril nos sorprende la agresión a Playa Girón.”

Apenas tuvo tiempo de quitarle el nailon protector al T-34 y mucho menos de practicar. Quiso el destino que Luis Fernández, otro tunero, lo reconociera y lo seleccionara para su tripulación, el mismo al que pocos días después le teñiría de rojo el uniforme con su sangre. Se convertiría así en uno de los cuatro tanquistas de la provincia que participaron en las acciones que concluyeron con la Victoria en Playa Girón.

“No sabía nada de tanques… y siendo bisoño en eso, me dan el derecho de participar en los  combates, bajo las órdenes del segundo teniente Néstor López Cuba. El día 17 por la noche salimos para Matanzas y el 18 amanecimos en Jovellanos.

“Al enfrentarnos  al enemigo se rompen las comunicaciones y López Cuba ordena la retirada para esperar el refuerzo de los tanques que habían salido por sus ejes desde La Habana y cuando llegan se restablece la comunicación y comenzamos la batalla hasta ocupar Playa Larga.”

El ímpetu de combatir al lado del Comandante en Jefe y de un pueblo que daba heroicas muestras de valentía -como cuando tenía que dejar de disparar, pues la infantería iba por delante de su tanque y no cubriéndose detrás, como es lo usual- los invade a todos. Quizás es por ello que cuando reciben la orden de avanzar hacia Playa Girón, para asestarle el golpe final al enemigo, lo hacen sin tomar todas las precauciones necesarias.

“Las escotillas iban abiertas, las máquinas cargaban también a integrantes de  la infantería y cuando avizoramos los aviones comenzamos a saludarlos, pues traían insignias cubanas y eso nos confundió. Entonces me alcanza una ráfaga que casi me cercena las dos piernas. Del tanque me saca Luis Fernández, el conductor, y me deposita a orillas de la carretera, junto a otros heridos. Los aviones retornan,  y con disparos de ametralladoras calibre 50 y bombas de napalm, tratan de rematarnos.”

Su compañero le salvó la vida, literalmente, cargándolo de un lugar a otro para protegerlo de la metralla de la aviación mercenaria. En el momento más duro, le llegó a pedir que lo dejara allí y que le dijera a su familia que moría por Fidel y la Revolución, mientras le intentaba agarrar el revólver.

Pero a Daer le quedaban aún  muchas batallas que pelear. “Me trasladan hasta la retaguardia, donde estaban los médicos, ahí me amputan una pierna y me mandan luego para Alemania, a seguir un tratamiento, que logra salvarme la otra. Todo eso gracias a la preocupación y los desvelos de Fidel, quien nunca ha dado la espalda a su pueblo y menos a los combatientes.”

El pesimismo nunca ha sido una opción para hombres de su estirpe, como tampoco el poder vivir mucho tiempo alejado de su terruño. Pudo quedarse en La Habana, pero prefirió retornar a su San Joaquín natal. Participó en la Lucha contra Bandidos y a pesar de tener que recurrir algún tiempo después, a limpiar zapatos, la vida terminó por hacerle justicia, un día en el que miraba un tren cargado de tanques desde la Terminal de Ferrocarril. Mientras le lustraba los zapatos a un oficial, le cuenta quién es. Su interlocutor no cree lo que está presenciando y le promete que hará algo.

Con espíritu renovado, Daer emprende una nueva etapa en su vida, que lo llevó a ser diputado durante la Primera Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular y a ocupar varios cargos de dirección en la provincia.

Actualmente, con 74 años, y pese a su limitación física, su espíritu y entrega no menguan ni un centímetro, a pesar de los intentos de hacerle torcer el rumbo. “No puede ser de otra forma, porque una parte de mí la entregué por esta Revolución y por Fidel.”

Tal vez desconozca el significado de los sueños, pero estoy seguro que no le sorprendería la primera parte del suyo en el río.

 

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